En un mundo paralelo en donde las pandemias eran sólo parte de la historia, de una muy lejana que no nos tocaba, hoy estaría yo haciendo mis maletas; maletas que venía planeando desde hacía un año, llena de esperanzas, de sueños, y que me llevarían mañana a Madrid.
Habíamos planeado tanto este viaje, un año ahorrando, planeando poco a poco hoteles, vuelos, un tour a Venecia, una opera en Roma, un tren a Barcelona, una noche de tapas, cañas y flamenco, y un paseo lleno de historia al Vaticano. En mi mundo paralelo estaría yo nerviosa, seguramente arreglando los últimos detalles de nuestra aventura.
Y aquí estoy hoy, desvelada, sentada en el porche de la casa, mirando las estrellas y analizando lo absurda, simple y singular que puede ser la vida. Tantas personas que como yo, han perdido sólo un viaje, y otras que tristemente, dentro de toda esta locura han perdido seres queridos, empleos y su propia salud.
Tantas cosas se ponen en perspectiva en medio de todo esto. ¿Valdrá la pena afanarse tanto? ¿Valdrá realmente la pena dejar de hacer tantas cosas que uno desea por miedo? ¿Valdrá la pena regirse tanto por esas normas sociales, y dejar de hacer lo que uno quiere por el temor de no encajar? ¿Cuándo terminará todo esto, si realmente termina? ¿Y cómo será la nueva normalidad?
Hoy me siento triste, y hasta un poco egoísta. Hoy me apetece escribir, me apetece no planear, me apetece despertar y darme cuenta que estos meses de perdidas han sido sólo un mal sueño, llorar hasta que ya no queden lágrimas, gritar hasta que desvanezca mi voz.
Hoy quisiera con todas mis fuerzas volver a vivir en mi mundo paralelo en donde las mascarillas sólo son para doctores, sin distanciamiento, sin la escuela en casa, sin tantos sinsabores y sin tanto miedo.



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