29/7/16

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Hay promesas destinadas a romperse. Vacíos existenciales destinados a existir, circunstancias destinadas a ser sólo eso, el principio y fin de esas historias que por mucho que uno quiera sostener, vienen con finales escritos, enmarcados en el libro de la vida, en los garabatos que uno va trazando en cada paso, sin saber --y sabiendo-- que más allá de lo que uno quiera, el destino se encargará de deshacer.

Y uno se empeña, y se cansa, y sigue intentando, sabiendo inconscientemente que no importa cuánto uno luche, cada cosa será por encima de nosotros. Por encima de las ganas, y de la misma resignación que atraviesa como espada, que te desangra y te golpea duramente; dejándote como un titere, como un ser inanimado atrapado entre las garras de ese hilo imaginario que por más que tratas, no desaparece.

Ya no quiero que me digas que me amas, o que me jures que solo tienes ojos para mi, ni que me pintes un mundo bonito donde se supone viviremos para siempre. Ya no quiero que me hables de fidelidad, de uniones eternas, votos sin sentido, ni de esos planes que se fueron pudriendo, dejandome nauseabunda y con el deseo que haber muerto junto a ellos.

Ya no quiero nada de eso, ya no mas, ya no.

No me obligues a decirte lo que no siento decir, y moribunda, ver como nuevamente me sometes, y me dejo manejar por ese maldito hilo que me ha costado tanto desafiar.

Ya no quiero mas promesas.

Imagen: Google





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