26/6/16



Hace unas horas volví a casa. Luego de casi dos meses de estar lejos por cuestiones de trabajo, volví a mi hogar. Y esta mañana entre los gritos y la risa de los niños y la simpleza del día a día, quise eternizar ese momento, congelarme en ese instante, y olvidar que en unos días debo volver a mi realidad, a la realidad de una mujer que ha logrado transcender, crecer como nunca creyó lo haría en una empresa a la que ha pertenecido por 10 años, y que le ha brindado una gran oportunidad. Oportunidad que también ha revivido esa soledad de la que huí por mucho tiempo y que regresó a mi, junto con el éxito.

Y a pesar de saber que esto es algo temporal, no puedo contener las lágrimas, esa desesperanza que me asalta por momentos y que me vence como vence el viento a las ramas de los árboles en medio de una tormenta.

Necesito una salida, que este trance pase rápido y tener nuevamente a mi familia conmigo. Extraño el desorden, la conmoción, la rutina... extraño mi vida, esa sensación de identidad que no he logrado encontrar lejos de ellos, porque ellos son lo que le dan sentido a todo. A mi vida. Al sacrificio. A los cambios. A ese éxito que anhelé, por el que tanto luché, y que siento tan amargo.


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